El complejo de Frankenstein: Ciencia en ficción


Luis Javier Plata Rosas
Había una vez, hace mucho tiempo, un grupo de amigos escritores que decidieron veranear al lado de un lago localizado en Ginebra, Suiza. El lugar se prestaba para diferentes actividades al aire libre, incluyendo caminatas, picnics y paseos en lancha pero, por desgracia y como no pocas veces sucede, el tiempo no estaba a su favor y en lugar de días soleados fueron las tormentas quienes los recibieron. Y no precisamente con los brazos abiertos.
¿Qué podían hacer nuestros veraneantes ante escenario tan lluvioso? Condenados al encierro en la villa en la que vacacionaban, y como en esa época pre-electrónica no contaban con tabletas, smartphones, laptops, consolas de juego ni, mucho menos, con Internet ni ningún otro gadget que les permitiera pasar los días y los años (de acuerdo, no exageremos: las semanas) conectados alámbricamente o por WiFi y desconectados entre ellos, y sacando provecho del hecho de que eran escritores, este feliz grupo de amigos decidió hacer una apuesta: cada uno de ellos escribiría un relato, y el relato que fuese el más terrorífico sería el ganador (¿cuál era el premio, además del reconocimiento de los demás? Lo ignoro por completo, pero supongo que entretenerse mientras escribían y leían las historias en voz alta ya eran en sí premios suficientes).

Los nombres de nuestros hasta esta línea desconocidos y a partir de ahora conocidos y seguramente reconocidos amigos eran Polidori, Lord Byron, Percy Shelley y Mary Godwin. El nombre de soltera de esta última quizás no nos suene tan familiar; tal vez en algo ayude que, al casarse con el penúltimo de la lista, fue identificada por el mundo entero –y aquí sí no exageramos, o quizás sólo un poco- como Mary Shelley.

Para Mary Shelley el mayor terror en esas noches de tertulia provino no de las historias que se contaron sino de la página en blanco a la que se enfrentó desde que inició esa apuesta horripilante: no se le ocurría absolutamente nada. Pero, para su fortuna, la ciencia llegó en su ayuda.

Una noche, Mary fue testigo de una conversación entre Lord Byron y Percy Shelley sobre las investigaciones de un tal Darwin –y no, no nos referimos a Carlos, sino a su venerable e igualmente ilustre abuelo, Erasmus-, en las que pastas italianas al parecer cobraban vida –el oído de Mary Shelley, al parecer, no era muy bueno, pues confundió el vorticelli, el protozoario del que se hablaba, con el vermicelli- y ancas de rana parecían resucitar cuando se les sometía a una corriente eléctrica en experimentos de un tal Luigi Galvani. Tan curiosas experiencias científicas quedaron guardadas en su mente y, mientras dormía, estos retazos muy posiblemente se mezclaron y originaron –muy apropiadamente- que, a la hora de las brujas y durante un estado de ensoñación despierta –esa transición en la que aún no dejamos de soñar, pero todavía no acabamos de despertarnos- Mary Selley viera, a la luz de la luna llena que entraba por su ventana, a la criatura que desde entonces sería la pesadilla científica por antonomasia: el monstruo de Frankenstein.

El complejo de Frankenstein: además de llamarse así el miedo –o, incluso, el pánico extremo- que generan en nosotros esas otras creaciones humanas a las que llamamos robots, –y, a mayor parecido entre nosotros, mayor terror- podemos, en el extremo opuesto, liberarlo de esta carga negativa para bautizar de esta manera a la ciencia como fuente de inspiración literaria. El género que al instante se nos viene a la mente es, por supuesto, la ciencia ficción o ficción especulativa, que va desde las fantasías extremas hasta las novelas y relatos más “duros” o rigurosos, en los que escritores como Arthur C. Clarke –o, más recientemente, Kip Thorne y su “Interestelar”- se proponen y logran no romper ni un solo principio de la Física o de cualquier otra área científica, por más que la acción se desarrolle en un tiempo o en una galaxia muy lejana.

Pero no todo es ciencia ficción cuando hablamos de esta relación de amantes o, al menos, de buenos compañeros, entre ciencia y ficción, por más que más de uno consideren que es ilícito, o al menos casi imposible, llevar la aventura (¿el acostón?), por no hablar de un maridaje, a buen término, logrando de esta manera obras elogiables tanto para científicos como para literatos. Y sin embargo, se puede.

Por lo que resta de este artículo, dejemos en paz a la ciencia ficción, de la que desde Julio Verne abundan por doquier críticas provenientes de ambientes tanto literarios como científicos, y encarguémonos de presentar a los lectores el género mucho menos conocido de la ciencia en ficción, también llamado fantasía científica por algunos. Y en ese “algunos” es imperdonable no citar a George Gamow, quien propuso el término para referirse a historias en las que toda la ciencia descrita en ella por el autor es real, mientras que los personajes, las acciones y los lugares de los que habla su creador son, valga la redundancia, creaciones de él, frutos de su pura imaginación. Una obra de Gamow, un gran clásico de la ciencia en ficción, basta para ejemplificar esto: “El mundo del Señor Tompkins”, a la que seguiría una segunda versión, más actualizada, titulada “El nuevo mundo del Señor Tompkins” y que, al ser publicada en México en la colección Breviarios, sería apropiadamente renombrada como “El nuevo breviario del Señor Tompkins”. Al protagonista de este breviario le pasa algo relativamente interesante: cada vez que se queda dormido, sueña con un mundo en el que los efectos de la teoría de la relatividad de Einstein son experimentados por todos durante sus rutinas cotidianas, un mundo en el que el Señor Tompkins baila con partículas subatómicas en una danza tan hipnótica como didáctica.

Las obras de fantasía científica no tienen por qué ser, necesariamente, tan fantásticas como el mundo del Sr. Tompkins, y un gran clásico del género es una serie de estampas biográficas, al estilo de los cortos animados protagonizados por Cantinflas en los años setenta, en las que Paul de Kruif recrea los prodigiosos descubrimientos de Leeuwenhoek, Pasteur y el resto de “Los cazadores de microbios” que, sin este esfuerzo imaginativo de su autor, no serían más que aburridos textos dignos de monografías escolares, de ilustres –e ilustrados diccionarios enciclopédicos –indispensables antes en toda biblioteca casera, aunque constituyeran los únicos libros en más de un hogar- o, si se prefiere, de la Wikipedia.

Que no sea un género tan popular no significa que escritores y científicos de logros tan grandes como su talento –y, si desea, puede invertirse el orden de lectura de esta oración- no hayan incursionado en él. En el equipo de los escritores tenemos a Jorge Volpi y “En busca de Klingsor”, novela en la que física y matemáticas son tan importantes como inseparables del… ¿destino? ¿Azares?, de Francis Bacon, su protagonista, y a Hans Magnus Enzensberger y “El diablo de los números”, narración en la que, como todo mundo sabe, el susodicho se aparece por las noches a todo aquel forzado a presentar un examen numérico. En el equipo de la ciencia han jugado cracks como Carl Djerassi –uno de los responsables de la píldora anticonceptiva- y Roald Hoffmann –Nobel de Química-, con su Oxígeno, obra de teatro en ficción en la que un ficticio comité decide entregar un Nobel póstumo al descubridor de este elemento, algo que no es tan sencillo como parece a primera vista, como estos dramaturgos científicos se encargan de revelarnos antes de que se cierre el telón.

¿Más ejemplos? Si nos limitamos a novelas y cuentos traducidos o escritos en español, el buffet incluye: “El dilema de Cantor”, “El gambito de Bourbaki”, “La semilla de Menachem” y “NO”, del citado Carl Djerassi, “Peces luminosos”, de Lynn Margulis, las ahora varias aventuras de Triptofanito en el cuerpo humano, desde la inicial de Julio Frenk, hasta “Triptofanito en la célula”, “Triptofanito y la batalla contra la influenza” y “Triptofanito, la sexualidad y reproducción humana”, resultados de la colaboración de Frenk y Andrés García Barrios, “Planilandia: una novela de muchas dimensiones” de Edwin A. Abbott, “El hombre que calculaba” de Malba Tahan, “El teorema del loro” de Denis Guedj, “El curioso incidente del perro a medianoche” de Mark Haddon, “La mujer que buceó dentro del corazón del mundo” de Sabina Berman y “Sueños de Einstein” y “El universo de un joven científico”, de Alan Lightman. Para abrir boca y evitar indigestión científico-literaria, basten estos platillos por el momento.

A siglos de distancia del trascendente sueño de Mary Shelley, el complejo de Frankenstein sigue aquejando a escritores –científicos y no- para disfrute de todos.